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El ser jactancioso significa presumir o hacer alarde de saber más que otros, o de las pertenencias materiales, logros alcanzados, la familia y los amigos o la propia rectitud. Para explicar ese defecto, el Salvador relató la parábola del fariseo y el publicano:
“El fariseo, de pie, oraba para sí de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmo de todo lo que gano. Pero el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que golpeaba el pecho, diciendo: Dios, se propicio a mí, pecador” (Lucas18:11-13).
Luego Jesús explicó que quien quedó justificado ante el Padre fue el publicano, no el fariseo, añadiendo que "cualquiera que se ensalsa, será humillado; y el que se humilla será ensalsado" (Lucas18:14)
La jactancia está relacionada con el pecado del orgullo. La persona orgullosa se cree superior a los que le rodean y hace su propia voluntad en lugar de la de Dios. El Presidente Ezra Taft Benson dijo que “el orgullo es querer hacer la voluntad propia en lugar de la de Dios. Lo contrario del orgullo es la humildad, la mansedumbre, la sumisión (véase Alma 13:28), y estar dispuesto a escuchar y aprender... El orgullo acarrea muchas maldiciones; en cambio, son muchas las bendiciones de la humildad” (Liahona, Julio 1986, pág. 3).
Hay muchas maneras en que el pecado del orgullo puede manifestarse en nuestras vidas, por ejemplo: ofenderse o enojarse fácilmente, chismear, compararse con los demás, juzgar a otros.
Además demostramos falta de respeto por los demás y falta de interés por lo que están diciendo o haciendo cuando cuchicheamos durante una reunión, clase o presentación. Si llegamos tarde a una cita, demostramos que consideramos que nuestro tiempo u otras responsabilidades o actividades son más importantes.
También nos jactamos cuando nos damos mérito por cosas que no hemos ganado nosotros mismos. Por ejemplo, algunas personas culpan a Dios si les va mal, atribuyen a su propio esfuerzo los logros que alcanzan en la vida, pasando por alto el hecho de que su talento, habilidad y pertenencias son dones que han recibido del Señor. Debemos reconocer con agradecimiento nuestra dependencia del Señor y nuestra constante necesidad de recibir Su apoyo.
Las escrituras dicen que en nada ofende el hombre a Dios, o contra ninguno está encendida su ira, sino con aquellos que no confiesan Su mano en todas las cosas y no obedecen Sus mandamientos. (DyC. 59:21). Jesucristo es nuestro máximo ejemplo de humildad, siempre reconoció que su fortaleza derivaba de Su dependencia del Padre. Él dijo: “No puedo yo hacer nada por mí mismo... no busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre, que me envió” (Juan 5:30).
Somos verdaderamente humildes cuando reconocemos que dependemos de Él en todo lo que hacemos, aun en las cosas más pequeñas.
Con esta fortaleza espiritual podremos hacer mucho al llevar consigo al que es débil, a fin de que sea edificado con toda mansedumbre para que se haga fuerte también. (Véase DyC. 84:106).
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