Elevad hacia mí todo pensamiento, no dudéis, no temáis

    Elevad hacia mí todo pensamiento, no dudéis, no temáis

    Como esposa, madre y profesional, estos 7 años de casada han sido una lucha entre lo que Dios dice y lo que el mundo desea de una mujer profesional. La presión social de aquellos que no conocen el evangelio, en ciertas ocasiones, me ha hecho pensar que el dedicar tiempo a mi hogar y a mis hijos, no es la mejor opción para una mujer profesional como yo.

    No olvidaré la experiencia que tuve hace unos años atrás.  Recibí una buena oferta de trabajo.  En ese momento tenía 3 años como miembro de la Iglesia, 2 años de haber sido sellada en el Templo y un niño de 1 año. La oferta de trabajo a pesar de ser bien remunerada, no consideraba mi posición de miembro como la Iglesia ni la prioridad que tenía para mí la familia y los mandamientos de Dios. Después de mucha oración y ayuno, Dios me contesto, haciéndome sentir que aún no era el tiempo de trabajar.  A pesar del deseo de desarrollarme profesionalmente, decidí aceptar la voluntad del Padre y quedarme en mi hogar, con la esperanza de que habría otra oportunidad.

    Y fue así, el tiempo de Dios nunca será igual al nuestro. Hace unos días acepté una oferta de trabajo que se adaptaba a mis condiciones de esposa y madre de dos hermosos hijos. Mientras los niños estudian en el horario matutino, yo podría utilizar aquel tiempo para mi desarrollo profesional. Todo parecía estar bien.  Durante 7 años me había preparado tanto por fe como por conocimiento.  Me había preparado no solo en el ámbito espiritual, sino también, en el ámbito profesional, estudiando y mejorando las destrezas y habilidades con las que el Padre me dotó.

    De pronto, 5 días antes de empezar a trabajar, se me informó que el horario se cambiaría a la tarde. Esto era difícil con mi condición de madre y esposa.  Nuevamente oré y medité, y aunque mis pensamientos me decían que acepte, mi corazón me decía que no. Efectivamente no acepté. Fue muy difícil, pero no me afecto tanto como aquella primera vez cuando que rechacé dicho trabajo. Estaba tranquila, sentía paz y sabía que todo estaría bien.  Sin embargo, tenía que luchar contra mí misma. En ese esfuerzo por lograrlo, luego de 2 días timbró el teléfono. Me sorprendí cuando descubrí que era para invitarme a trabajar en un horario perfecto para mí, mejor que si lo hubiera planeado.

    ¡Dios es tan grande! Solo Él conoce los deseos de nuestro corazón y nuestras intenciones. Estoy muy agradecida por tener la promesa de Doctrina y Convenios 6:36, “Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis.” Ahora sé cómo actúa Nuestro Padre Celestial, como nos ayuda a pulirnos en cada experiencia, si confiamos en Él.  Sé que después de la prueba de fe, viene el milagro. No debemos temer ni dudar.